lunes, 2 de septiembre de 2013

Raúl Porras Barrenechea por Mario Vargas Llosa “No solo fue un gran historiador sino un maestro”[1]



Tengo una gran deuda contraída con Raúl Porras Barrenechea. Sus clases de historia eran deslumbrantes por la elegancia de sus exposiciones y el rigor con que preparaba su curso. Creo que todos los que tuvimos el privilegio de pasar por sus aulas vivimos la Historia del Perú de una manera entrañable y, a la vez cuestionadora, pues además de las riquísimas anécdotas con que el doctor Porras aderezaba sus exposiciones ellas incidían siempre sobre una problemática que nos planteaba múltiples desafíos intelectuales. Porras Barrenechea no solo fue  un gran historiador sino un maestro en el sentido más generoso y cabal de esta palabra.

El doctor Porras Barrenechea me contrató como uno de sus dos ayudantes  –el otro era Carlos Araníbar– en un proyecto de Historia General del Perú, patrocinado por el librero y editor Juan Mejía Baca, en el que a él le correspondía los periodos de Conquista y Emancipación. Durante cerca de cinco años trabajé en su casa de la calle Colina de 2 a 5 de la tarde y para mí esas horas y esos años son los que me dieron mi mejor formación universitaria. Gocé tanto trabajando a su lado que en algunos momentos hasta estuve tentado de abandonar los estudios de Literatura para consagrarme a la Historia. Además de un investigador de gran aliento, Porras Barrenechea, fuera de trabajo, era conversador, risueño, gran contador de anécdotas y siempre dispuesto a dar un consejo y prestar una ayuda a quienes trabajamos cerca de él.

Tal vez lo más importante fue su ejemplo  de probidad intelectual. Como él era tan exigente consigo mismo en el trabajo intelectual nada lo exasperaba más que la falta de seriedad, la negligencia o la picardía de esos profesores o intelectuales que citaban de memoria o mentían a la hora de escribir sus trabajos de investigación porque sabían que el público al que se dirigía no reconocería sus embustes. Porras nos enseñó a sus discípulos a escribir como si los lectores de todo lo que publicaremos fueran los más inteligentes y los más cultos del mundo.

Recuerdos que me llenan de nostalgia y cariño. El primer trabajo que me encargó el doctor Porras fue leer las crónicas del Descubrimiento y la Conquista fichando todas las referencias a los mitos y leyendas, un tema en el que la historia se volvía a menudo literatura fantástica. No todo era trabajo. A veces llegaba el doctor Ricardo Vegas García, gran amigo de Porras, y nos llevaba a tomar té a la Tiendecita Blanca. Porras Barrenechea cultivaba el viejo arte limeño de la chismografía y sabía ironizar y burlarse de las gentes de manera prodigiosa y risueña, con enorme gracia pero sin malevolencia. Su memoria era prodigiosa. Escribía con una letra menudita y cuando teníamos que mecanografiar esas fichas sudábamos la gota gorda. Muchos nuevos y antiguos discípulos caían por ahí entre ellos Pablo Macera, cuyos exabruptos y poses encantaban a Porras. En su soberbia biblioteca había muchos libros de literatura. Y acaso la razón de la buena prosa de Porras Barrenechea se debió a sus voraces lecturas de los clásicos castellanos, a los que enseñó durante algunos años en el colegio y en la Universidad de San Marcos.





[1] De ‘El pez en el agua’ de Mario Vargas Llosa.

1 comentario:

  1. Porras decía que la obra de un maestro son no solo sus libros sino también sus alumnos. Se lo dijo a Alfonso Tealdo antes de partir rumbo a España para hacerse cargo de la embajada de Perú.

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