miércoles, 24 de julio de 2013

La bandera del Perú* por Raúl Porras Barrenechea

La enseña del Perú, cuyos colores blanco y rojo, como de sangre sobre la nieve de los Andes, escogió el guerrero sin mancha, José de San Martín  —siguiendo el vuelo de una bandada de aves blancas y rojas, en la bahía de Paracas, un día de la anunciación de la libertad del Perú—, tiene los mismos colores que la predestinada bandera de Castilla y de León, —roja y blanca, de castillos y leones—, que llevaron a América los primeros descubridores.

La bandera del Perú es, sin duda, una de las más jóvenes banderas del continente americano, porque el Perú, tradicionalista por destino y por la herencia imperial de los Incas, mantuvo su adhesión a España cuando en toda América había prendido la idea separatista. Pero la bandera, aunque nueva, es el símbolo de una patria y de una historia, y el Perú es una de las más viejas patrias de la cultura americana y su historia una maravillosa eclosión de leyenda que trasciende pasado y es embrujo poético en las narraciones de Garcilaso y de Palma. Y, aunque el nombre del Perú fuera dado por los españoles, en uno de esos bautizos del azar, que rematan ilógicamente una colosal aventura, la patria peruana había nacido ya, con otro nombre, cuando los Incas del Cuzco descendieron de la meseta y llevaron su bandera imperial, el suntur pauccar  —que tenía los colores del iris, y las imágenes de sus dioses— que guiaban a las huestes andinas, a la conquista del mar Pacífico donde florecían las civilizaciones magníficas del Chimú y de Nazca, con la policromía maravillosa de sus telas y cerámica. El triunfo de los Incas se debió a su técnica de los metales y a su organización social, pero, sobre todo, a la creación de un ejército o de una milicia, que es ya índice de una patria y de una conciencia nacional. Así surgió el Tahuantinsuyo —el Perú prehispánico— que comprendía casi toda la América meridional, desde el Angasmayo o río Azul hasta el Bío Bío, frontera indomable de la Araucania. El órgano de esa grandeza imperial, semejante a la legión romana, a la falange macedónica o al tercio español del siglo XVI, fue la institución incaica del huarachicu, especie de orden de caballería en que los jóvenes incas se preparaban para la defensa de la patria en ejercicios de valor, estoicismo y destreza. Estas milicias incaicas, poseídas de una fe —la protección del Sol, padre de los incas, y la ayuda invisible de los Pururaucas, guerreros de piedra que ayudaban a los quechuas del Cuzco en los combates— crearon la grandeza del Perú incaico y marcaron, desde los tiempos prehispánicos, ese destino civilizador que aún reconoce la arqueología en los templos y tumbas, en los acueductos y andenes, en los artefactos de metal o de barro, regados por las quebradas y valles andinos, y en el sentimiento jurídico y humanitario del imperio que reformó las costumbres y levantó el nivel social y espiritual de las tribus bárbaras de la América del Sur.

Cuando sonó la hora de la Emancipación, el Perú prolongó su adhesión a España y defendió una tradición, que hubiera sido digno renovar dentro de los mismos postulados éticos y deberes de solidaridad étnica, en una nueva fórmula de armonía y de convivencia, para defender los ideales comunes e indivisibles de la cultura española en el mundo. En la guerra civil de la independencia, los criollos del Perú, que tenían privilegios iguales a los españoles de la Península, lucharon por 10 años en favor del mantenimiento de la unidad hispánica y de la permanencia de España en América. Ejércitos cuzqueños se batieron en el Alto Perú bajo las órdenes del general peruano Goyeneche, en Chile y en Quito bajo el férreo mando del Virrey del Perú, don José Fernando de Abascal, caudillo de la Contrarrevolución, que tiene en la América española del siglo XIX el mismo gesto medieval de Felipe II encarnando, en la Europa luterana del siglo XVI, el espíritu ascético y jerárquico de la Contrarreforma.

El Perú, cuyos hijos, indios y criollos, indistintamente, bajo las banderas realistas o patriotas, no consideró nunca como enemigos, ni aun en los momentos más duros de la guerra de la independencia, a los soldados y generales españoles. En nuestras historias serias y en los relatos amenos de Palma, sobre las campañas de la Emancipación, suenan con simpatía los nombres de los generales peninsulares, que hicieron florecer, hasta el último momento, la hidalguía española para la lucha: el General Valdez, modelo de caballerosidad con su adversario Sucre y asombro de estrategas, con sus marchas aceleradas e increíbles a través de los Andes, conduciendo a los indios peruanos —los soldados más resistentes para las marchas a pie, en los tiempos de Valdez, como en las épocas de Huayna Cápac y del Demonio de los Andes— y el General Canterac, el magnífico soldado de Junín y Ayacucho, que no temió, en su célebre carta a Bolívar, reconocer el brillante triunfo de su contendor. La propia batalla de Ayacucho, que por ser el último campo de combate en América tuvo que estar en el Perú, fue un episodio genuino de guerra civil en que los combatientes se abrazaron antes de luchar yen el que porque ondeaba ya sobre el campo la bandera peruana, con sus colores, símbolos de generosidad y heroísmo, no hubo ni vencedores ni vencidos.

Esta bandera bicolor ha flameado durante más de cien años sobre una república inquieta y en formación, ha sido oreada en luchas y revueltas intestinas, por la pólvora montonera de las insurrecciones; ha ondeado sobre nuestros templos y nuestras universidades, o en el asta de nuestros barcos defendiendo la soberanía nacional, o llevando la civilización y el Evangelio en la canoa misionera a la selva amazónica; pero simbolizando, siempre, a pesar de adversidades y de infortunios, el impulso civilizador del Perú. Junto a ella, como antes junto a la Cruz y al pendón de Castilla, han surgido siempre el camino y el sembrío, la escuela y el hospital, el templo y la biblioteca.

1949. Raúl Porras Barrenechea, embajador del Perú en Madrid,
lleva el emblema del Perú al Museo del Ejército español.  
Podemos, por esto, depositar esta bandera blanca y roja del Perú en este osario de recuerdos heroicos**, con orgullo y sin remordimientos. Ella es digna (os lo aseguramos) de su tradición hispánica y puede figurar sin mengua al lado de las banderas de Lepanto y de Trafalgar. El tiempo ha acallado los odios y reavivado la armonía entre los pueblos de América que  alguna vez se enfrentaron contrariando el destino de su fraternidad. Pero no es posible silenciar el heroísmo de quienes murieron por defender nuestro legado espiritual y la integridad —de la patria— al pie de esta bandera. Simbólicamente están inscritos entre sus pliegues los nombres de Bolognesi y de Grau. De Miguel Grau, el marino sin tacha que supo, como sus hermanos de Trafalgar, combatir contra fuerzas mayores, y dar cara al infortunio, cumpliendo siempre su destino caballeresco de perder con honra y de vencer sin odio; y de Francisco Bolognesi, que, en su reducto de Arica, arrinconado entre el mar y el desierto en el pedestal de un morro solitario, prefirió morir quemando el último cartucho antes que rendirse al adversario, superior en armas y efectivos, como un viejo retoño del indomable arresto de sacrificio y de hombría de los defensores ibéricos de Sagunto o de Numancia, de Gerona o de Zaragoza.

Quede en este museo, regido por un benemérito español que es para honra nuestra general del Ejército del Perú, nuestra bandera histórica, pero ella seguirá siendo, afuera, regazo de ilusiones y de esperanzas. El Perú renueva ante ella su fe en los destinos del mundo hispánico, su vocación histórica de afirmar el legado ético de la hispanidad en las costumbres, en el arte y en el alma de sus ciudades y, particularmente, el voto de mantener incólume el idealismo jurídico de su política internacional.

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*     Discurso pronunciado por RPB en el Museo del Ejército Español, Madrid.
**  Museo del Ejército Español, Madrid.


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