jueves, 23 de abril de 2015

CERVANTES Y EL PERÚ



¿La carta de un Gobernador del Perú a su mujer, inspiró a Cervantes
la célebre carta de Sancho Panza a su mujer Teresa Panza?


I

Es bueno hablar de Cervantes aunque sea en el Día del Idioma, aprovechando el convencionalismo ritual de las efemérides. La fecha es especialmente significativa para la cultura peruana. En un día como éste, entre el alba y el atardecer del 23 de abril de 1616, murieron, con pocas horas de diferencia, en España, Miguel de Cervantes y el Inca Garcilaso de la Vega. El idioma de Castilla había alcanzado su gallarda plenitud en el Quijote, y el habla castellana en América empezaba a mestizarse con vocablos indígenas y a impregnarse de melancolía en el relato de los Comentarios Reales.
En el Perú se ha hablado y escrito poco sobre Cervantes y sobre el Quijote. Don Ricardo Palma, quien fue de los primeros  en abordar el tema cervantino, en uno de los últimos tomos de sus Tradiciones, anotaba  que no existía siquiera una edición peruana del gran libro español y sí las había mexicana y argentina. Tampoco había  comentarios o glosas notables ni obras inspiradas directa o indirectamente por los personajes o la lengua cervantinos, como los magistrales capítulos del ecuatoriano Montalvo o la novela La Quijotita, del mexicano Fernández de Lizardi. Después del comentario de Palma, se ha modificado el cuadro, con obras de calidad más que de número, tales como la fantasía novelada de Juan Manuel Polar, Don Quijote en Yanquilandia, aún no debidamente valorizada por la crítica, y los estudios de Riva-Agüero y de Aurelio Miró Quesada sobre la influencia de Garcilaso de la Vega en el Persiles de Cervantes.
Palma aclaró, sin embargo, que el Quijote vino temprano al Perú, y que el mismo año de 1605, en que se editó, llegó un ejemplar para el Virrey Conde de Monterrey, quien lo prestó, para que lo leyera, al dominico fray Diego de Hojeda, el famoso autor de la Cristiada. Tres meses después llegaban a Lima seis ejemplares del Quijote –edición Princeps–, uno de los cuales fue a para a la biblioteca de los padres dominicos, donde lo vio hacia 1850, el ilustre erudito y cervantófilo limeño, D. José Dávila Condemarín.
La llegada de ejemplares del Quijote a América, en 1605, el año mismo de su publicación, ha sido probada doblemente. Consta el hecho, en Lima, por una crónica dominicana del siglo XVII que vio y leyó Dávila Condemarín. La partida de los ejemplares de España para América la probó Rodríguez Marín en dos célebres conferencias, exhibiendo los registros de despachos comerciales para las Indias, existentes en el Archivo de Sevilla, con relación al año 1605. Según esos registros, se enviaron al Perú 84 ejemplares de la primera edición del Quijote, y 262, a Méjico, llamándosele en las partidas Don Quijote y Sancho Panza. Este envío, que Rodríguez Marín supone fuera mayor, porque los registros están incompletos, descubre una verdad consoladora. Las leyes prohibitivas, que impedían el envío a las Indias de libros de romance y materias  profanas no se cumplían. Una cédula real de 29 de septiembre de 1543, dirigida a la Audiencia de Lima, había proscrito tales libros, porque de su difusión sufrirían perjuicio intelectual los indios, quienes “dejarían los libros de saneta y buena doctrina por leer historias mentirosas y vanas”. La acusación hecha a España de que sus disposiciones filantrópicas no se cumplían tiene aquí su reverso favorable: tampoco eran implacables las prohibiciones, y los registros oficiales consignan libros de puro deleite, como el Amadís, Bernardo del Carpio, la Galatea y el Quijote, de Cervantes. Casi toda la edición Princeps del Quijote vino a parar a América, según Rodríguez Marín.
Antes que el Quijote debió de llegar a América el propio D. Miguel de Cervantes. Se ha dicho con frecuencia que éste estuvo a punto de venir al Perú. En realidad, a donde pretendió ir en 1590 fue a Charcas, hoy Bolivia, entonces parte integrante del Perú. Los biógrafos de Cervantes reproducen la célebre petición en que éste solicita al Rey, en premio de sus servicios –la pérdida del brazo en Lepanto, el cautiverio de Argel– le den uno de estos cuatro puestos: la Contaduría del Nuevo Reino de Granada, la Gobernación de Soconusco en Guatemala, la Contaduría de las galeras de Cartagena  o el Corregimiento de la ciudad de La Paz. Hastiado de su pobreza y de su anonimato, Cervantes acudía al remedio “a que se acogían otros muchos perdidos en Sevilla, que era el pasarse a las Indias, refugio y amparo de los desesperados de España”. El creador de Sancho Panza pedía, como buen español de su época, una ínsula. Pero el Rey proveyó en 6 de junio de 1590: “Busque por acá en qué se le haga merced”. Y Cervantes se quedó en España, sin ínsula, para escribir el Quijote y para burlarse alegremente a través del dolor propio de la locura ajena.
Quedan otras huellas de la vinculación de Cervantes con el Perú. Palma  descubrió que Cervantes fue amigo de un hidalgo español avecindado en el Perú, don Juan de Avendaño, empleado en las Cajas Reales de Lima y de Trujillo, a quien envió un ejemplar  del Quijote, dedicado. Rodríguez Marín consigna el hecho de que en 1607, al anunciarse en el Perú la próxima llegada del Virrey, Marqués de Montesclaros, hubo en Pausa, capital del Corregimiento de Parinacocha, una fiesta de cañas y sortija, en la que salió “el caballero Don Quijote y su escudero  Sancho, quien echó algunas coplas de primor, que por tocar en berdes no se refieren”. Por último, Cervantes elogió a algunos poetas peruanos de su época en el Canto de Caliope, publicado en La Galatea en 1585.
Aparte de estos antecedentes, no es muy notoria la presencia del Perú en la obra de Cervantes. En el Quijote, el autor habla de los “valerosos españoles guiados por el cortesísimo Cortés”, pero no hay alusión al Perú; en el Persiles, las analogías de los bárbaros septentrionales con los Incas de Garcilaso son bastante remotas.


II

Es posible, sin embargo, que en el Quijote y en uno de los más notables personajes de la novela inmortal –en Sancho Panza–, haya un reflejo de las Indias y particularmente del Perú.
Los cervantistas han expurgado y analizado detalladamente el Quijote y las Novelas Ejemplares, buscando las huellas autobiográficas que todo escritor deja en sus obras. En los personajes de sus novelas se ha buscado a los personajes reales de su propia vida. Unos han creído encontrar en Don Quijote a un Alonso Quijada, hidalgo contemporáneo del pueblo de Esquivias, donde Cervantes se casó. Otros han visto en él a Martín de Quijano, veedor de galeras del Puerto de Santa María, mientras otros aseguran que el tipo original y viviente de Don Quijote lo tomó Cervantes de D. Rodrigo Pacheco y su sobrina D.ª Melchora, vecinos de Argamasilla, cuyos retratos existen en la iglesia de ese lugar. Inducciones semejantes se han hecho sobre los personajes de las Novelas Ejemplares, señalándose a los presuntos modelos vivos del Loaysa del Celoso extremeño y del Licenciado Vidriera, en quien se quiso, anacrónicamente, descubrir al humanista alemán Gaspar Barth, traductor de La Celestina. Cotarelo sostuvo también que uno de los principales personajes de La ilustre fregona era el Juan de Avendaño, avecindado en el Perú, quien habría sido, además, amante de la sobrina de Cervantes, Constanza de Ovando, hija de su hermana Andrea.
Estas atribuciones son, naturalmente, conjeturales y limitadas. Cervantes observó la vida ampliamente y del rico caudal de su existencia, de sus andanzas de soldado, de cortesano, de amigo de comediantes y cobrador de contribuciones, extrajo muchos apuntes y notas sicológicas que utilizó y mezcló para los personajes de su ficción. Estos surgieron de la amalgama de la vida y de la libre fantasía del escritor. Pero todos tuvieron un fuerte sustrato humano y antecedentes concretos en la memoria del autor.
Sancho Panza no es, sin duda, ningún contemporáneo preciso de Cervantes. Sancho es la encarnación del pueblo español, de la ignorancia  y el buen sentido, del realismo más sensato unido a la más alta ambición, de la codicia hermanada con la abnegación y, sobre todo, del hombre del pueblo español del siglo XVI. Pero esta reencarnación multánime tiene algunos modelos individuales que Cervantes conoció en carne viva. Y yo creo encontrar algunos risueños contornos de la figura del Gobernador D. Cristóbal Vaca de Castro, en algunos rasgos de Sancho Panza, cuando llega a Gobernador, en la segunda parte del Quijote. Al escribir Cervantes la estada de Don Quijote y Sancho, al lado de los Duques y el Gobierno de la ínsula, tuvo seguramente presentes algunos recuerdos regocijantes y hasta un documento escrito, del Gobernador del Perú en 1542.
Cervantes escribe la segunda parte del Quijote en Valladolid, donde se hallaba entonces la Corte. En el mismo Valladolid residió por mucho tiempo D. Pedro de Quiñones y Vaca de Castro, hijo del Gobernador del Perú, Vaca de Castro. Don Pedro fue Oidor en Valladolid hacia 1570, luego Presidente de la Cancillería de Granada hacia 1578, Presidente de la de Valladolid en 1583, cuando Cervantes acababa de regresar de Argel y se dedicaba a escribir comedias, y en 1588 es nombrado Arzobispo de Granada. Por estos días Cervantes pretende pasar a América y toma informes seguramente detallados sobre las Indias. Oye contar casos fabulosos de enriquecimiento y de ascensión social, mientras su vida se desliza oscura y pobremente. Es el momento en que el burgo se ha insurreccionado contra el castillo. Los villanos quieren ser nobles. Los hijos de analfabetos y expósitos pretenden el hábito de Santiago y enlaces con linajes ilustres. Cervantes recogerá risueñamente todo aquel fermento de vida y le trasladará a su obra, con una ironía sin amargura. Sancho Panza confesará, sencillamente, al Caballero del Bosque, que tiene una hija “a quien cría para condesa”. Es una sonrisa sin hiel, cogida de ternura y tolerancia profundamente humanas.
            En Valladolid pudo recoger Cervantes la tradición relativa a los manejos de Vaca de Castro como Gobernador del Perú. Como la familia de Vaca  seguía viviendo en la ciudad y el hijo ocupaba situación preminente, perduraría el recuerdo del ruidoso proceso que se le siguió a Vaca, cuando regresó del Perú, acusándole de haber obtenido en él inmensas riquezas. El licenciado Vaca de Castro había ido pobre a pacificar a Pizarro y Almagro, y había regresado inmensamente rico. Desde América envió gruesos lingotes de plata, obtenidos del repartimiento de los hijos de Pizarro, que puso en su cabeza, y se dio maña para que esa fortuna no pasara por la Casa de Contratación de Sevilla, sino que llegase por la vía de Lisboa. Denunciado al Consejo de Indias, éste mandó rematar sus bienes y apresarle en junio de 1545 en la fortaleza de Arévalo, donde se le retuvo siete años. En 1556, defendido por su hijo, se le rehabilitó. Fue Consejero Real hasta que en 1562, decepcionado del mundo, se recogió al Convento de San Agustín, para pasar en quietud el resto de su vida. En 1567 hizo testamento y murió, según Mendiburu, en 1588. Fue enterrado en Valladolid en la Capilla Mayor del Convento de Santa Isabel Francisca, debajo del altar de San Juan. En 1614, el hijo de Vaca de Castro, llegado a Arzobispo de Granada, hizo trasladar los restos de su padre, madre, abuela y hermana, de Valladolid al Convento del Sacro Monte de Granada, construído por él en el lugar donde se hallaron los restos de doce mártires cristianos.
            Cervantes estaba en Valladolid entre 1613 y 1614, escribiendo la segunda parte del Quijote, cuando se hizo la traslación de los restos de Vaca de Castro a Granada. Pudo también haberlo conocido  anteriormente el año 1588, en que murió, en alguna de las veces que pasó por la Corte de Valladolid. Vaca de Castro debió ser un personaje familiar en la ciudad. Los principales episodios de su vida y de su fortuna por el vecindario vallisoletano, y entre ellos el de la famosa carta de vaca de Castro a su mujer, que Cervantes tuvo seguramente a la vista, o recordó muy cercanamente, cuando imaginó la carta de Sancho Panza a su mujer desde la ínsula. He aquí un documento peruano, fechado en el Cuzco, que sirvió sin duda de modelo para uno de los mejores pasajes de  su libro inmortal.


III

            Vaca de Castro estaba casado con D.ª María Magdalena Quiñones y Osorio, y tenía larga familia que sustentar. Eran dos varones: Antonio, que moriría en el Perú, en 1560, y Pedro de Castro y Quiñones, y cinco mujeres: D.ª Guiomar, D.ª Beatriz, que fueron monjas; D.ª Juana, que casó con D. Alonso de Osorio, y D.ª Catalina, que casó con Gonzalo de Cáceres. El padre tenía que pensar en el porvenir de su extensa prole.
Desde el Cuzco, después de derrotar y ejecutar a Almagro. Vaca de Castro escribió a su mujer una larga carta llena de encargos, redactada en la euforia del triunfo y del mando, en plena posesión de la ínsula soñada y disipados los peligros del viaje, de la guerra  y de la batalla en que su vida corrió riesgo. “Sábado, diecisiete de septiembre– dice refiriéndose a la batalla de Chupas, en que derrotó a Almagro–;  me dio Nuestro Señor la más gloriosa victoria que a dado a Capitán General en el mundo”, en tanto que otros testimonios aseguran que, como Sancho cuando su amo se batía en descomunales encuentros, Vaca de Castro se puso a buen recaudo durante el combate.
            La carta está fechada en el Cuzco el 28 de noviembre de 1542, cinco años antes del nacimiento de Cervantes. En ella Vaca de Castro da encargos y consejos a su mujer, sobre todo en lo referente al dinero que le envía por diversos conductos y que ella debe mantener en absoluto secreto. Esta carta sería  descubierta por los Alguaciles del Consejo de Indias y constituiría una de las principales piezas de la acusación contra Vaca de Castro. Cervantes debió de conocerla en Valladolid y tomarla como modelo para la sabrosa carta de Sancho a su mujer. Las reminiscencias son bastante claras a pesar de que Cervantes retoca el modelo con su genial humorismo.
            El mismo introito a la carta trae ya una reminiscencia no apuntada del Perú. Pregunta la duquesa a Sancho si él escribió la carta y éste responde: “Ni por pienso, porque yo no sé leer ni escribir, puesto que sé firmar”. Este Gobernador que no sabe leer ni escribir, pero que se jacta de saber firmar, es una evocación risueña e irónica de Pizarro, el conquistador del Perú, que llegó a Gobernador, como Sancho, con sólo su ingenio rústico y que en el intervalo de sus hazañas no tuvo tiempo sino para aprender a firmar. El pretendiente desairado que, no obstante sin ingenio y cultura, no puede pasar a América, clava el dardo punzante en el blanco fácil del conquistador iletrado.
            En la carta de 1542, Vaca de Castro cuenta a su mujer los trabajos pasados en la pacificación del Perú  y derrota de los almagristas, y dice que si Pizarro ganó el reino de los indios y obtuvo un marquesado aquello fue ganarlo de ovejas, en tanto que él lo ha ganado de españoles, por lo que será poco todo lo que pida. Sancho dice a su mujer: “Si buen gobierno me tengo buenos azotes me cuesta”. El Licenciado Vaca encarga a su mujer que gestione algunas mercedes y le aconseja: “Y cuando vuestra merced oviere de yr a casa de alguno de los que he dicho yd honrradamente en vuestra mula y bien acompañada y escudero y capellán viejo y honrrado y con mozos y pajes”. Cervantes transcribe regocijadamente el modelo. Sancho también aconseja a su mujer que se presente con el rango consecuente a la mujer de un Gobernador: “Has de saber, Teresa, que tengo determinado que andes en coche, que es lo que hace al caso; porque todo otro andar es a gatas”. Vaca envía a su mujer 5.000 escudos y ordena  dar a su hija Catalina una dote para su casamiento. Sancho anuncia a Teresa que pocos días adelante partirá al Gobierno, “adonde voy con grandísimo deseo de hacer dinero”, y le habla del envío de una maleta con 100 escudos y un vestido verde cazador para que haga una saya a su hija Sanchica. El Gobernador del Perú envía otros regalos a su mujer y entre ellos unas tenacillas con que los indios se quitan el vello, “aunque vos, señora, ya sé que no las avéis menester”. Vaca aconseja, por último, mucho secreto sobre sus encargos: “Lo recibays muy en secreto y aun los de casa no lo sepan y lo tengays secreto fuera de casa”. Sancho dice lo mismo a su locuaz compañera: “No dirás de esto nada a nadie, porque pon lo tuyo en concejo y unos dirán que es blanco y otros que es negro”.
            Vaca anuncia por último a su mujer que si lo dejan más tiempo en el Gobierno “no nos estaría mal” y podrían comprar un mayorazgo para que quede memoria de sus padres y de ellos. Sancho también aspira a casar a Sanchica con un Conde y que a su mujer llamen doña Teresa Panza, pero al fin se contenta con ser rico. “En salvo está el que repica y todo saldrá en la colada del Gobierno… y así que por una vía o por otra tú has de ser rica”.
            El paralelismo entre ambas cartas es saltante. Cervantes recogería el viejo documento jovial de los archivos maliciosos de la memoria popular en Valladolid o en Granada. El Arzobispo Castro y Quiñones, que tan pomposamente trasladaba a sus deudos al Sacro Monte de Granada, había lanzado en 1590 una filípica contra las comedias y las farsantas y pidió a Felipe II que las suprimiera en todo el reino. Cervantes confiesa por boca de Don Quijote que “desde mucho fue aficionado a la farándula y en su mocedad se le iban los ojos tras de ella”. En 1594, en que Cervantes estuvo en Granada, pudo conocer directamente al Arzobispo Castro y escuchar en las gradas de su Palacio Episcopal la sabrosa y murmuradora leyenda del Perú. Su venganza, sin resentimiento por el agravio a sus amados faranduleros, pudo ser la risueña transcripción de aquella lejana y malhadada carta que su imaginación transformó, sin amargura, en una de las mejores muestras del humorismo sano y generoso de Cervantes. ¡Y el Perú sería entonces en la novela, como lo fue en la realidad, la ínsula soñada por todos los aventureros españoles del siglo XVI!


RAÚL PORRAS BARRENECHEA


Lima, abril de 1945.

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